En el extremo noroeste de la isla, entre el Macizo de Teno y el Atlántico, Buenavista Golf —firmado por Severiano Ballesteros— y Meliá Hacienda del Conde, un resort de cinco estrellas solo para adultos, convierten la desconexión en el verdadero lujo del golf en el norte de Tenerife
Golf en el norte de Tenerife: Isla Baja rompe con el sur
El golf en el norte de Tenerife empieza donde termina la carretera del sur. El paisaje gira casi sin previo aviso hacia la Isla Baja, protegida como parque rural, donde el Macizo de Teno cae sobre el Atlántico casi sin transición. La vegetación cambia: las plataneras dejan paso a la piedra volcánica y a los bancales que trepan por la ladera. El océano empieza a asomar en cada curva, como si tampoco quisiera perderse el camino. Durante los últimos kilómetros no aparece un solo cartel que anuncie una piscina climatizada o un parque acuático. Es, quizá, la primera pista de lo que espera al final del camino: aquí el lujo no se anuncia, se construye con lo que falta tanto como con lo que sobra.
El campo de golf en el norte de Tenerife firmado por Severiano Ballesteros
La sensación de desconexión explica casi todo lo demás. Ahí está el porqué del diseño de Severiano Ballesteros, uno de los últimos campos que firmó, y de lo natural que resulta en este paisaje. El viento del Atlántico entra en cada decisión sobre el campo como una pieza más del juego, y no como un contratiempo. Y es también la idea que define a Meliá Hacienda del Conde: un hotel solo para adultos, pensado para el descanso tanto como para el golf, y un restaurante de club que funciona igual de bien con ronda de golf o sin ella.
Sobre el trazado, la firma de Seve se reconoce antes de leer ningún cartel. Como en muchos de sus diseños, el recorrido no obliga a jugar de una única manera. Invita a decidir. A asumir riesgos cuando merece la pena y a aceptar que, frente al océano, el viento también participa en cada hoyo. Los pares 4 castigan al que no piensa la salida; los greens que se asoman al acantilado —hasta cinco de los dieciocho— premian a quien se atreve y perdonan poco a quien calcula mal la distancia. Cada hoyo ofrece una imagen distinta de acantilado, mar y montaña, y esa variedad importa tanto como el propio trazado.
Buenavista Golf y Meliá Hacienda del Conde comparten una misma forma de entender el lujo: más espacio, más silencio y menos artificio.
Meliá Hacienda del Conde, un resort solo para adultos
La llegada al hotel ya adelanta el ritmo del día: arquitectura colonial canaria, habitaciones con terraza al Atlántico y un silencio que aquí es señal de que manda el paisaje, no el reloj. Desde muchas terrazas basta levantar la vista para entender que el campo empieza donde termina el jardín.
Dónde comer en Buenavista y Meliá Hacienda del Conde
La vuelta termina donde había empezado la mañana, solo que con hambre y con la luz ya distinta. El Mirador del Guincho, en lo alto de la Casa Club, sirve cocina canaria de producto local con vistas al campo y al océano, abierto también a quien no juega al golf. Dentro del hotel, la propuesta se reparte entre el restaurante Montenegro, con menú degustación, y el italiano Il Rossmarino.
Spa ALQVIMIA y el Atlántico Ocean’s Club
Lo que viene después es, otra vez, una forma de desconexión. El spa ALQVIMIA ofrece, los doce meses del año, un programa de tratamientos pensado para un huésped que entiende el descanso como parte del viaje y tan protagonista como la propia ronda de golf. En los meses de verano, el camino baja hasta el acantilado donde antaño nadaba el conde de Siete Fuentes. Hoy convertido en Atlántico Ocean’s Club con una piscina infinita de agua salada tallada en la roca volcánica, con el agua fundiéndose en el borde del mar. Esa forma de entender el descanso explica también que Hacienda del Conde fuera el primer hotel español incorporado a Meliá Collection y miembro de Small Luxury Hotels of the World. Aquí la personalidad del lugar pesa tanto como el nivel del servicio.
En Meliá Hacienda del Conde, el lujo no nace de la acumulación, nace del paisaje y de un mar, que nunca desaparece del horizonte. Del silencio que forma parte de la experiencia. Y de esa sensación, cuando termina la vuelta, de haber descubierto que el golf en el norte de Tenerife sigue siendo un secreto para muchos golfistas.
















